La casa de citas
julio 19th, 2010 § Dejar un comentario
Muchos meses después de leerla por primera vez, se me ocurrió visitar otra vez La casa de citas, por Alain Robbe-Grillet. Esta novela de 1965 es representativa de la Nouveau Roman, movimiento liderado por Robbe-Grillet, y por cierto ligado con el cine en muchos sentidos. De ahí sale, en parte, Marguerite Duras, una de mis tres escritoras preferidas. En otro momento, le hubiera dedicado largos párrafos a esta obra, pero de nuevo me ha producido muchos dolores de cabeza esta semana. No me malinterpreten, me gustó mucho y la recomiendo. Es sólo que me resultó terriblemente complicada. Por ende, me fue imposible dejarla de lado, no terminarla a pesar a que sabía que el final sería insastisfactorio.
Bien, leí un poco
de Barthes acerca de Robbe-Grillet, así que puedo citar bastante puntos que noté en la obra, como uno relevante: los objetos, centrales en la obra del novelista, desprovistos de significado simbólico, escindidos del mundo, empero fundamentales ejes del desarrollo temático y estructural de la novela. Las tramas incompletas y encerradas una dentro de la otra retan al lector en La casa de citas, y proponen múltiples resoluciones, creando un texto que se desborda a sí mismo, limitado pero original sin duda alguna. Es algo así como una obra dentro de una obra dentro de una obra dentro de una obra, un remolino interminable de posibilidades y opciones que el narrador ofrece, con amplios detalles en cada camino, y que al final no resuelven en realidad sus puntos clave ni arman un relato coherente.
Básicamente, el lector elige qué personajes le resultan agradables, qué trama le parece más interesante, y puede armar una historia propia con ellos, al ofrecer Robbe-Grillet distintas interpretaciones a las misteriosas circunstancias en que un narrador testigo, omnisciente y protagonista halla a los múltiples personajes. Situada en Hong Kong, es una parodia y apropiación de las novelas pornográficas, románticas y de misterio; resulta ser, y es una opinión muy personal y quizás dudosa, un testimonio sobre las posibilidades de la ficción, la mentira que constituye la literatura como tal, y las trampas de la narración, inclusive la lineal.
Robbe-Grillet opta por crear un mundo alterno, su propio Hong Kong (lo advierte al principio, aseverando que en el Oriente las cosas cambian con rapidez sin que el visitante lo note) lleno de perversidades (trata de menores, tráfico de drogas, prostitución, necrofilia, canibalismo: la corrupción enfermiza del dinero); asimismo desarrolla su propio lenguaje, muy personal, que a la vez permite libertad creativa al lector e infinidad de interpretaciones (la cual, dice Barthès, no importa mucho en Robbe-Grillet). Una vez más, la fijación con los objetos y los humanos objetificados construyen varios niveles narrativos y varios caminos que invitan a ser recorridos. El autor dedica varios párrafos a detallar posiciones de cosas, textiles presentes en el espacio, la forma exacta en que la luz entra en los lugares en que discurre una acción confusa y sin muchos resultados. Robbe-Grillet hace algo similar, y con mucho mayor éxito en La celosía, de 1957.
En resumen, una novela muy gratificante, porque es todo un reto. Y en general, recomiendo una visita a los autores de este riquísimo movimiento francés, ya pasado de moda pero que tiene mucho por enseñarnos aún. Por mencionar los principales nombres: Claude Simon, Michel Butor, Nathalie Sarraute, Maurice Blanchot, y la ya mencionada Duras. Cortázar es uno que jamás dejó de leerlos, y en muchas ocasiones, de superarlos.