En defensa de la democracia

julio 14th, 2010 § Dejar un comentario

Siempre que escribo sobre temas políticos, termino haciendo una defensa, tímida o explícita, de la democracia como sistema político y forma de vida. Ante las acechanzas de pensamientos antidemocráticos, antipluralistas, y la torpeza argumentativa que caracteriza la mayor parte del debate público en Costa Rica, siento necesario rematar mis pequeños análisis o comentarios con un llamado a fortalecer la democracia. Pero entre más veces lo hago, más me doy cuenta de que lo que estoy no es más que defenderme a mí mismo. Lo que esbozo es una defensa propia ante la incertidumbre y el desconcierto ante el mundo.

La democracia es a todas luces un sistema imperfecto. No sólo imperfecto, sino que de base se presta para problemas y confrontaciones que entorpecen su funcionamiento. Y no sólo se complica la limpieza de su proceso, sino que la vida social misma se ve afectada por las formas en que este sistema político propone resolver los conflictos. Esto se debe a la libertad con la que se puede interpretar el deseo de que la mayoría prevalezca. El sistema de contar quiénes están a favor, quiénes en contra, quiénes quieren esto y quiénes lo otro, supone que somos ontológicamente iguales y que esta igualdad se refleja en la práctica. Esto no es cierto. En términos reales y prácticos, y para decirlo con la crudeza de la vida de aquellos desfavorecidos, un pobre no vale lo mismo que un rico; una mujer no vale lo mismo que un hombre; un negro o un indígena no valen lo mismo que un -supuesto- blanco, y demás diferencias que resaltan por sí solas en lo cotidiano.

Del lado de abajo no se tiene el mismo acceso a oportunidades de educación, de trabajo, de desarrollo de capacidades; no se tiene la misma voz, ni el voto pesa lo mismo, en últimos términos. Claro que al final, en un simple conteo, cada voto es uno solo y válido, pero: 1) democracia no es votar cada cuatro años, y 2) ¿con qué criterio se vota? Pero claro, en la visión más simplista y peligrosa de este sistema, que es la que más se practica en el mundo en el 2010. Tenemos en el país un posible referéndum que es perfecto ejemplo de lo que puede lograr el reduccionismo de la democracia. Creemos que elegir tal o cual presidente o presidenta resuelve todos los problemas. Creemos en una sociedad de buenos y malos, en la que la gente mala debe ser encerrada o expulsada. Creemos que todos tienen derecho a hacer lo que les de la gana y que a nadie que importarle lo que nadie haga… mientras a mí me parezca correcto. Ocasionalmente aparecen las palabras “moral”, “Biblia”, “trabajo”, “derecho”, “valores”, “mercado”, todas usadas fuera de contexto, sin consultarlas bien, sin entenderlas bien.

Es sintomático de nuestra época, el no entender ni creer en las instituciones que están en la base de nuestra sociedad. Cada vez se le exige más al Estado a la vez que queremos quitarle más recursos. O sea, cada vez queremos que la Caja haga más y más, pero no pagamos impuestos. Queremos que el Estado cuide el medio ambiente pero pasamos botando basura, aborrecemos el ahorro y el reciclaje. Queremos que el Ministerio de Educación le enseñe a los estudiantes carreras técnicas, que no universitarias, antes de los 17 años. Nuestros partidos, claro está, reflejan esta realidad. De un lado el economicismo ciego de la derecha y el “free for all” del mercado y los derechos humanos; del otro, la izquierda desorganizada y desenfocada, que en sus peores versiones, es paranoica e igual de ciega con respecto a la justicia social como la derecha.

Nada de esto me convence de que no es posible otra democracia. Una verdadera democracia participativa. El esfuerzo de comunidades, la autoeducación, la construcción de oportunidades (más que esperarlas sentado), el respeto a los otros y nunca más la tolerancia, el multiculturalismo, los medios de comunicación de calidad, la celebración de lo diverso y lo variable que somos. Y la voluntad de ponernos de acuerdo y salir a votar plenamente informados.

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