Los problemas de la democracia participativa
junio 14th, 2010 § 10 comentarios
Han empezado a correr arroyos (que no ríos aún) de tinta y de píxeles sobre el referéndum para decidir sobre la unión civil entre personas del mismo sexo. La mayoría de los medios principales han empezado a formular sus posiciones, ya sea en sus editoriales (acá las de La Nación y La Extra, principales medios escritos), y se han publicado también comentarios por parte de los grupos que se oponen y que favorecen el mencionado referéndum, que se realizaría el cinco de diciembre. Ante semejante posibilidad, mi posición es clara: no debe realizarse votación popular para decidir sobre los derechos de unión civil entre personas del mismo sexo. Hacerlo es, en mi opinión, un atentado contra el progreso de la democracia en un país que poco a poco lucha por convertirse en una democracia real e inclusiva, aunque le haya tomado muchos años (democracia más antigua de América Latina, sí, pero las mujeres votan apenas desde 1949 y el partido comunista fue prohibido, entre otros “detallitos” de esos que mejor no se discuten).
Sin embargo, hay quien acusa esta posición de ser, nada más y nada menos, que una enemistad con la democracia. “Así es la democracia, gobiernan las mayorías, quien piense diferente, estaría acercándose mucho a los regímenes dictatoriales, donde ocurre lo contrario“, reza esta cita contundente del editorial de Diario Extra. Nada más lejos de la verdad. Peor aún, se encuentra en esta cita la legitimación de algo que bien podríamos llamar la dictadura de la mayoría, una forma de ver el mundo según la cual lo que diga la mayoría es lo correcto. Mejor aún, si la mayoría lo piensa, sin duda es porque es natural pensar así. En esa forma de pensar está, precisamente localizado un enemigo de la democracia: el deseo de que todos opinen como yo. Porque semejante posición solo puede defenderse cuando se pertenece a la mayoría, la mayoría excluyente y en sus peores versiones, opresora y violenta. Jamás estoy diciendo “que cada uno haga lo que le de la gana”, porque eso sería minar la democracia, que si bien no es el sistema político perfecto, es lo más lejos que hemos conseguido como sistema respetuoso de la dignidad humana, en la práctica, a través de la historia. Claro que hay otras opciones, pero tristemente, se ven muy lejanas en el horizonte, o han fallado por errores ajenos a su concepción original.
¿Cuándo se vuelve esta mayoría excluyente u opresora? Cuando no está bien informada. Cuando le tiene miedo a lo que no conoce. Cuando no habla de lo que podría acercarse a ser un autoanálisis crítico, que acaso podría revelar fallas en el sistema propio. Es que los ticos hemos evitado, casi sistemáticamente, debatir; nos cuesta tanto argumentar y sostener posiciones bien fundamentadas que recurrimos al pleito facilón de cantina y a la desacreditación del contrincante como ignorante o inmoral; mejor, como enemigo. Porque todo aquel que opine distinto en la Costa Rica del 2010 es en realidad foráneo y está atacando la “idiosincrasia costarricense”, sea lo que sea que eso signifique.
La democracia exige equidad de condiciones entre quienes presentan posiciones divergentes, lo demanda para funcionar correctamente como la representación de la “voluntad popular” (que jamás puede reducirse a lo que opine la gente en Facebook, ni siquiera en las urnas, como algunos periodistas ingenuos quisieran creer). Es necesario que quienes tenga posiciones bien fundamentadas y que consideren que son para beneficio del país tengan acceso a los espacios y los medios suficientes para poder articular sus defensas y sus ataques, para tener la posibilidad de educar y de discutir. Cuando se parte de una posición de ventaja falsamente justificada en el argumento de “lo natural”, “lo moral”, o mejor, “lo cristiano” (mi Cristo no piensa así, qué cosas de la vida), y se pretende que así se esté dando un sano debate, se cae en un error gravísimo. Quienes defienden este referéndum suelen caer en la contradicción de desligitimar además a las instituciones que la democracia ha creado como vía de representación. Si el pueblo no sabe elegir, ¿por qué podría hacerlo la Asamblea? Sencillo: porque se supone que los y las diputadas están capacitados para decidir sobre materia legal, y porque en buena teoría, no
pueden opinar a lo loco, sino que deben fundamentar sus posiciones. Sé que es mucho decir de nuestro Congreso, pero no seamos tampoco negativos: la realidad es que, si esto se discutiera en la Asamblea Legislativa, habría posibilidad de preparar mejores argumentos, de reducir el tema a lo que es, una cuestión legal de reconocimiento de derechos, y no un enfrentamiento entre el bien y el mal.
¿Por qué el “pueblo” (palabra mágica que otorga poder de autoridad a quien la profiere) no debería votar sobre este tema? Es una cuestión simple, una cuestión de educación. Para decidir sobre cualquier cuestión, deberíamos tener la educación y la preparación suficientes, es decir, los argumentos bien fundamentados, para que nuestro voto reduzca, amplíe o impida los derechos de otra persona. Persona que, en buena teoría democrática, vale igual que nosotros mismos. Si la mayoría de la población no sabe bien de qué va el tema (ejemplo concreto: muchos siguen hablando de matrimonio, y ese no es el tema en discusión; pero a veces, como en el caso de Alexandra Loría, la confusión es a propósito, es tirar una cortina de humo), no entiende sus alcances, no entiende qué significa la ley ni para qué sirve, ¿cómo va a votar? Entonces viene la respuesta del otro lado: fácil, se les educa durante la campaña, de aquí al cinco de diciembre. Como si los rivales en esta disputa estuviéramos en igualdad de condiciones. De un lado, recoger firmas en misa, varios canales de televisión, radios, periódicos, malos periodistas en los medios tradicionales; del otro lado, grupitos que apenas pueden subsistir, a los que casi nunca se les da voz, y con poca visibilidad. ¿Es esto sana competencia? Más aún, ¿cómo se combaten la homofobia, el odio, la ignorancia? Porque por un lado, están los argumentos basados en la ley y en los derechos humanos, pero también están la vieja ignorancia arrastrada por generaciones que impide
reconocer que quienes clamamos hoy por derechos para todos somos también costarricenses, somos también decentes, somos también entes productivos de la sociedad. No todos los que pensamos que la unión civil debe ser aprobada somos: homosexuales, chancletudos, comunistas, invasores, enemigos de la familia, asesinos (sic), enfermos mentales, etc. Quienes defendemos los derechos humanos somos eso, humanos.
Es por tanto, imposible hablar de una verdadera democracia participativa en el caso de este referéndum. El integrismo religioso y la ignorancia minan las posibilidades de sostener debates que permitan que la mayoría de la población costarricense decida sobre este y otros temas que han sido discutidos desde el ámbito religioso (la libertad de expresión en el púlpito, las guías de sexualidad del Ministerio de Educación Pública, el aborto, la fertilización in vitro, y demás). Si queremos tener el derecho a decidir como mayoría, tenemos el deber de dejar de plantear agumentos insultantes, débiles, o excluyentes, y empezar a plantearnos la posibilidad de debatir abiertamente, sin prejuicios, sin resentimientos, sin odio. Y como eso no será posible en los escasos meses que nos separan de diciembre, me opongo de manera tajante a la realización de un referéndum de esta clase, que por las razones que expuse antes, serían un atentado contra la democracia costarricense y un triunfo del discurso del populacho* sobre la deliberación democrática.
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*Que quede muy claro: no considero que todas las personas que se opongan a la unión civil entre personas del mismo sexo sean ignorantes, ni manipuladoras del discurso, ni enemigas de la democracia. Hay gente con argumentos muy válidos de cada lado, esto debe ser reconocido por ambas partes, y debemos discutirlo con serenidad y con bases en el derecho internacional, el nacional, y la filosofía democrática. Además, y como he dicho siempre, malas ideas se le ocurren a cualquiera, y hay gente que apoya la unión civil que poco contribuye a la discusión. El problema es que muchos de los llamados más fuertes en contra de la unión civil y a favor del referéndum se han fundamentado en una evidente homofobia y negación a reconocer que hay no todos los ticos son blancos, heterosexuales, católicos y conservadores.


La convocatoria a un referéndum para decidir si son o no convenientes las uniones entre personas del mismo sexo, es un completo sin sentido. Lo que deja en claro es, en todo caso, el profundo temor que algunos sectores de la sociedad siguen abrigando dentro de sus corazas. Temor a lo no dicho y a lo no tocado; temor al encuentro con lo que diverge; temor a perder las falsas seguridades sobre las que algunos basan sus pobres castillitos de arena, y otros sus monumentales catedrales de poder de rancia alcurnia y dioses denigrados.
Dentro de lo que ha dado en llamarse un Estado de Derecho, este es un tema sobre el que no debería colgar ninguna duda una vez que estamos iniciando este re-profetizadísimo siglo XXI. El Estado tiene, dentro de sus responsabilidades últimas, justamente el ser resguardo y garantía de los derechos de las personas; es decir, el Estado no debería tener que consultar estas cosas, así como una sociedad cuya auto-imagen es la de una sociedad solidaria y hermanable, debería estar más cercana a las actitudes y convicciones que promueven el libre y gozoso desarrollo de sus pares. El Estado no otorga derechos, sino que debe reconocerlos formalmente ahí donde estos están subestimados.
La escandalosa mayoría tampoco tiene decisión ni competencia sobre los derechos humanos e individuales. Los prejuicios de muchos no deben ser consuelo de nadie. Legislar a favor de los derechos y responsabilidades que la comunidad homosexual del país exige se les reconozcan, y acoger y dar trámite al proyecto de ley de sociedades de convivencia u otro que se le parezca, sería lo propio por parte del Congreso; así como estas demandas debería realizarlas la sociedad en su conjunto.
Ninguno de los argumentos en contra se sostiene si la vara para medir que utilizamos es lo que de humano haya en la raza humana; algunos son de una ingenuidad injustificable, otros de una perversidad imperdonable; todos, se apoltronan en la evasión de la realidad social del país y del mundo mundial.
Eduardo Valverde F.
Junio 2010
Así es, y es lamentable. Al fin, todo se trata de una ceguera voluntaria, de la negación de lo que sucede realmente en nuestra sociedad, de que hemos cambiado. Tememos aceptar lo que no hemos tenido tiempo para entender. Gracias por leer y por el comentario
Pues… de lo que se trata es de sumar voces, copar redes sociales para fomentar diálogos (no coparlos por coparlos), incentivar el debate (la buenas ideas están de parte nuestra) y retroalimentarnos. Por esto mismo, me gustaría que visitara mi blog La huella del ojo (por Google). Gracias.
En mi blog hay un asunto interesante del abogado Alban Bonilla.
Dice usted muy bien.Creo que si la desinformación y la ignorancia tiñen el resultado de un referendo, éste no tiene sentido.
Pero claro, insisto en que los derechos humanos no deben someterse a decisión de nadie. Son derechos, así de simple y si se limitan o niegan, estamos ante un fenómeno de persecución , de inquisición.
Gracias por entrar a nuestro sitio Cinearte.
De la voluntad popular pueden salir ideas descabelladas, incluso que atenten contra los mismos principios democráticos. La democracia como sistema político debe defenderse de sí misma. Ahora estamos ante una posible negación de derechos civiles de un sector de la población por parte del populacho. ¿Qué pasaría si por referéndum se aprobara la ampliación indefinida de un gobernante en el poder, o la eliminación de medios de comunicación que no gusten a la mayoría? La democracia incluye también justicia, derechos iguales (justos) para todos los ciudadanos.
Sin duda, la democracia sirve de muy poco si no se tiene claro por qué razones se vota por quien (o lo que) se vota. Y si se trata de limitar derechos a un grupo de la ciudadanía, ni hablar. No es democracia ni está cerca de serlo.
¡Que me digan en cual país gobierna o ha gobernado el pueblo o las mayorías! ¡Por Dios, qué mito!
Comparto sus argumentos. Sin embargo, sería interesante explorar otras aristas del tema: cuál es la naturaleza del referendo como herramienta de participación popular, cómo se conforman históricamente los derechos de las minorías, se puede desemascar el discurso de odio y temor que está detrás de la convocatoria oficiosa de este referendo? Si de aquí a diciembre no se logrado la aprobación de una ley de uniones civiles entre personas del mismo sexo, o la Sala Constitucional le deniega al TSE autoridad para convocar un referendo de este tipo; tendremos que luchar por un debate abierto en donde temas como los que sugiero arriba ocupen un lugar importante. Ninguan batalla está perdida de antemano e incluso aquellas en que se derrotan las posiciones que implican la ampliación o consolidación de derechos, son solo estaciones o barricadas temporales de una lucha sin fin pero con propósito.
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