La Muestra 17 de Cine y Video Costarricense – Día Cuatro
Noviembre 6, 2009
Cada vez lo hago más rápido. Directo a las obras. Todos los problemas de organización solucionados, presentación limpia, buena asistencia. Fernando cansado de todo, pero igual disfruta.
Bajamar: un corto de veinte minutos de Gustavo Fallas. Definitivamente el mejor de la noche, si bien no mi preferido. La fotografía es sencillamente excepcional, considerando el tamaño de la producción y todo eso. Es una belleza de trabajo, un poema sobre crecer, sobre un niño precioso grabado con cariño y delicadeza, como los paisajes y los interiores. Un pequeño milagro de la iluminación. Deficiente en las actuaciones, pero la del niño no, y es la que lidera la historia. No pude evitar querer muchísimo más al final, me dejó esperando más de la riqueza y pasión a la que ya me había acosutmbrado a los veinte minutos, pero bueno. Así como está, un muy buen corto, uno de los mejores de la semana. El trailer en YouTube.
Robinson: cuando el peso atómico difiere: un documental corto de trece minutos que es una pequeña obra de arte. Tiene, en mi humilde juicio, un solo detalle reprochable: cierta teatralidad innecesaria que se escapa al puro final, la mecedora vacía. Lo demás, poesía pura. No es broma. Un documental ejemplar porque hace todo lo que ese género debe hacer, a la vez que estalla como un hermoso poema urbano y de amor. Riquísimo en detalles, en música, en colores, en fotografía, en visión, en tratamiento. Una joya diminuta pero inolvidable. ¿Muy sensible yo? No sé, pero es lo primero que en tan poquito tiempo casi me hace llorar. Lo hace a uno creer en un cine tico de calidad.
Tierra arrasada: un audiovisual educativo fuera de concurso, seis minutos sobre la necesidad de cuidar el ambiente. Me pareció muy bien hecho, y original. Pero claro, como siempre yo, con problemas por lo directo del mensaje. Igual me parece útil y memorable, y esa es la idea.
Cuento de hadas: animación de casi cuatro minutos de Ana María Acevedo. Interesante historia. Pero no lo logré con él. Not my cup of tea.
Uranio-238: un documental de media hora de Pablo Ortega, sobre los peligros de utilización del Uranio-238 en armas militares corrientes por parte de muchos ejércitos, en particular el estadounidense. Mucha investigación, y se nota, por lo cual es contundente y cumple con su objetivo. Por algún motivo que no logré identificar, no me agradó demasiado, pero ciertamente más que La paz de los humildes.
El gato negro: se agradece la originalidad y calidad de animación en este corto de cuatro minutos de Alex Catona.
Hoy no fue un buen día o no fui motivado. Debo aclarar que estaba agotado. ¿Decepcionado? Un poco. Pero no por ello dejaré de ir. Porque también hubo trabajos increíbles, de verdad. Me hacen amar el cine.
La Muestra 17 de Cine y Video Costarricense – Día Dos
Noviembre 4, 2009
Contra todo pronóstico, fui también al segundo día de la Muestra. Pasen al “Día Uno” para información general. Esta vez solo hablo de las obras, y un poco rápido porque muero de sueño. Vayan, vayan, vayan.
Entrega inmediata: un cortometraje animado de dos minutos y medio a cargo de Enrique Gadea. De nuevo, animación de gran calidad; sigo sorprendido por la calidad creciente de nuestros animadores. Pero la historia es una vez más incompleta, y el corto pasa fugaz. Breve, pero divertido a la vista. Está aquí en YouTube.
My fine china: Un video musical (?) sin explicaciones de parte de Sebastián Arburola. Explosivo, colorido, ecléctico, unido alrededor de una protagonista enérgica y llena de vida y una edición igual de viva (con todo lo que eso implica). Un collage de estilos y espacios, objetos y diseños gráficos que funciona, la verdad, bien. Encontré esta sección del video en YouTube. Es solo una porción de lo que vi hoy, pero expresa el estilo general del clip. Una obrita simpática, colorida, explosiva.
La paz de los humildes: Un documental de una hora de la UNED, producido por Sonia Mayela Rodríguez. Se trata, lo sé, de un trabajo institucional, con todos los problemas que eso conlleva. Y el tema es apasionante, de verdad: la necesidad de proteger la riqueza natural y humana de las islas del Golfo de Nicoya. Este trabajo està acompañado, como siempre en el caso de la UNED, por imágenes hermosas de los paisajes que ofrece el golfo y su gente (excepto unos fallos enormes en el color, ¿daño en la cinta? ¿en la proyección?), y música agradable. Pero el guión, y aquí espero ser disculpado por lo brusco, es prácticamente insoportable. La narración es excesivamente literaria y azucarada, que precisamente por su excesivo énfasis y pasión, aleja emocionalmente. Tal vez es que yo soy un amargado, pero había momentos en que quería simplemente, que el narrador se callara y disfrutar de las imágenes (que en muchos de los casos hablaban por sí solas). Me imagino un documental sobre el mismo tema totalmente mudo y cumpliría con el mismo objetivo de motivar a defender este tesoro, quizás de forma más eficaz. En todo caso, siendo un documental institucional de la UNED, está bien hecho, como siempre; un trabajo limpio, concreto, que se traza una meta y la cumple. Pero este humilde espectador no se sintió movido más que por los testimonios de la gente, y no por el trabajo de los documentalistas.
La bruja: Un cortometraje de Andrés Campos, de Bisonte, de siete minutos. Conocemos la literatura de Carlos Salazar Herrrera. Son cuentos extremadamente simples, limpios, y por ello mismo, poderosos. En unas cuantas líneas evocan dramas intensos de gran profundidad. “La bruja” es un cuadrito costumbrista prácticamente, que se extiende a otras temáticas con facilidad (llegué a revisarlo a la casa). Pero aunque sencillo y dependiente de las imágenes, esto no quiere decir que una adaptación al cine sea necesariamente eficaz. Y aunque este cortometraje está muy bien hecho, fotografiado, editado, musicalizado y actuado, no sentí nada. (Empiezo a creer que hoy ando insensible). Cuando la historia concluye, claro, todo se entiende. Pero volvemos a la ayer mencionada sensación del ¿y qué?. Revisando el trailer en YouTube, veo que la -casi- perturbadora pudo ser mucho más. Pero también recuerdo lo bien hecho que está, lo bien que se ve.
Loopio: Un corto animado de tres minutos y medio, por Michael Jensen. Insisto (sianecio) en la calidad de la animación. Creo que Costa Rica bien puede aventurarse en toda Latinoamérica con estas producciones, si siguen así. Esta vez, una historia preciosa y directa de un escape, un salto. Escapar del sistema de destrucción segura e incondicionada, e inexplicable, guiada por un personaje adorable. Un corto adorable y bien realizado.
El mar: Palabras mayores. Un cortometraje precioso de Maricarmen Merino. Cine, simple y puro cine. Por bastante rato después me dejó una sensación lindísima por dentro; es encantador, expertamente realizado, bellamente fotografiado, rico en matices y detalles, y a la vez, extremadamente simple. Hasta su dedicatoria, al final, es demoledora. Un drama sin aspavientos ni muertes ni desastres ni nada más que primeros planos de un niño ilusionado por ver el mar en compañía de su madre. Un viaje de la vida. ¿Me estoy pasando de elogioso? No me importa, sí se lo merece: es así porque está hecho con amor, con una visión clara, y con la sencillez de una buena directora, una que sabe que debe hacer que su relato y sus imágenes hablen solas, y que no debe guiar a ningún espectador a nada, a ninguna conclusión ni reflexión: debe hacerlo sentirlas, debe meterlo en un río (o un arroyito, como en esta obrita) que lo guíe emocionalmente hacia lo que ella desee. Y así es con El mar. Está bien, claramente no es la obra maestra; pero es definitivamente un triunfo y una delicia.
Ahora sí que no sé cuándo volveré. Pero si me voy con solo estos dos días de la Muestra, lo hago complacido y emocionado, y feliz porque el cine de Costa Rica está a pasos de convertirse en Cine.
La Muestra 17 de Cine y Video Costarricense – Día Uno
Noviembre 3, 2009
En un mundo perfecto, iría más días a la Muestra. En este, es dudoso. Por ahora, impresiones de las obras presentadas, y del evento, el primer día, hoy lunes a las 8:00 (¿no era a las 7:00? La entrada fue gratis como disculpa. Y se daba una copa de vino de cortesía luego, bien hecho).Lo más importante, claramente, es el material presentado. El evento tuvo sus fallos, un gran retraso, sí. Pero mejoró mucho con la organización de Red Cultura. Fue un evento agradable, a pesar de los errores, y espero que mejore el resto de la semana. Pero vamos a lo importante, las obras presentadas. Seré breve. Pero por favor, lo van a disfrutar, VAYAN:
Entelequia: Se trata de un corto animado de cuatro minutos de Pablo Muñoz. Trata sobre la imaginación y la fantasía, y transmite este sentimiento a través de una animación sugerente y estimulante. De verdad, de muy alta calidad. Excelente diseño de las figuras e integración entre ellas. Los colores y las texturas creadas son de calidad mundial, de verdad. ¿Adónde está el problema? En la historia. O la falta de ella. Claro está, era una fantasía colorida, de transformación inesperada, volátil y colorida. Y fue muy estimulante, y debo insistir en la calidad de la animación, increíble. Pero el final me dejó con un gran ¿y qué?
Enrique y Mónica: Un documental de veintidós minutos sobre la doble vida de Enrique, que cuando se viste de mujer es Mónica, dirigido por Manuel Granda. Con éste tengo problemas. La historia de Enrique y Mónica, la misma persona y a la vez dos por aparte, es ciertamente atractiva, interesante, envolvente, muy emocional y sobre todo (se apreció muchísimo; de hecho, la exploraré en futuras entradas por acá) sincera. Nada de líneas prefrabricadas: la realidadn de la cuestión gay y la cuestión de género, en toda su inmensa confusión, presentado de forma cruda y realista. Cada segmento de entrevista, tomado por aparte, es apreciable. Pero falla, al punto de distanciarlo a uno de cualquier proximidad emocional con el personaje principal, debido a la dudosa calidad de su realización. Se nota que se trata de una producción artesanal, y debido a la urgencia y calidad en el tratamiento del tema (realmente, de alta calidad la información), casi se perdona. Casi. Porque el final es sencillamente insoportable, y no quiero contarlo para que si tienen la oportunidad de verlo en el futuro, no tengan una mala impresión. Pero es de lo que no debe hacerse. Este documental es interesante, barato, más interesante que otros con mejor presupuesto que he visto de aquí, y se aprecia mucho el esfuerzo. Pero el desafortunado desorden en el cuarto de edición y ciertas elecciones de estilo minan su potencial impacto.
La piel cansada: Se trata de un cortometraje de ficción hecho con mucho cariño por Jurgen Ureña. Se trata de una obrita sencilla en su temática, deliciosa en su estilo y que lo deja a uno sintiéndose simplemente feliz. La historia de un niño en un barrio marginal que tiene mucha imaginación, y que sueña despierto mientras lleva agua del tubo público a su casa. Por mientras, una encargada de salud pasea por las casas de la localidad explicando a sus habitantes el problema del dengue… acompañada por un mosquito gigantesco. El corto es exitoso al crear una atmósfera muy particular entre sus colores vibrantes y deliciosos a la vista y su imagen difusa, como la visión del pobre niño. Crea en quince minutos un mundo diminuto pero de inmediato reconocible. Explota al final en color y vida. Es una historia sencilla, que de verdad lo deja a uno sintiéndose alegre. Sin embargo, el problema de antes: ¿y qué? Es decir, ¿por qué necesitaba ver esto, qué aprendí? Sé que suena muy brusco, espero que no sea malinterpretado. Y como decía, este corto es de muy buena calidad, la mejor del día visualmente hablando.
Los extraños: Un cortometraje en blanco y negro dirigido por Mauro Borges. La historia de dos amantes criminales, que asaltan una casa y no salen de ella hasta el desenlace fatal. La fotografía, la actuación y los diálogos inspirados en el film noir; la imagen y el audio de alta calidad, las actuaciones regulares. Si no relato la historia completa es porque, volvemos a lo mismo, ¿qué con ella? Dos ladrones, dos personajes complejos pero apenas explorados, puestos en una situación extrema que los hace estallar pero que no explica muchas cosas. Toques de humor negro salpican la obra y elevan el ritmo que, desgraciadamente, estaría muerto de otra forma, pues salta del humor a la tragedia despropocionada en segundos. Lo cual no quiere decir que sea desagradable; al contrario, es entretenido, y la calidad de su realización es casi impecable. Pero ¿qué con la trama? Ciertamente robo, sangre, payaso, sexo, incomunicación sumados hacen una gran historia. Pero es una historia que queda al margen de una solución fácil e inmotivada. Disfrutable y placentero para la vista.
La vida y obra de Emiliano Villafuente: sin temor a dudas, el éxito de la noche. Un documental falso de veintiún minutos de Luis Salas sobre la vida del inexistente y estrafalario director de cine tico Emiliano Villafuente, que causó estragos en los cincuenta con sus escandalosas películas. Un respiro de aire fresco en la forma de algo de la mejor comedia que he visto en años en Costa Rica (a la par de La Media Docena y Los Justicieros). Es un caso de unión perfecta entre guión (en dos o tres ocasiones se queda corto en ingenio; en todo el resto, explota con él), fotografía (que simula ser de época) y actuación (que es deficiente en ciertos tramos). Me reí, mucho, porque son chistes frescos, chistes visuales que tanto nos cuestan, y fluían de forma rítmica y placentera. Me dejé del guión muchas frases que no se me van a olvidar (“Miralo, miralo, este es el más, el más, qué te digo”; “La mujer obesa representa claramente el capitalismo” &c). Completo con entrevistas a expertos y testigos, grabación en locaciones, y tomas de archivo, este documental falso atrapa desde la primera escena con su presunta seriedad y sus momentos de comedia absurda. Ok, ciertamente no es perfecto, en ciertos instantes (eso, momentos) se cae; pero en general, un corto de comedia fantástico que cumple satisfactoriamente con su función principal: hacer reír, y mucho.
Tutelo: un corto animado de tres minutos y medio de Eduardo Brenes. Como en el caso de la primera animación, la calidad de la realización es sencillamente intachable considerando el salto cualitativo del resto de la animación tica. De verdad avanzamos en este campo. Pero su historia se cae totalmente al final y una vez más, el ¿y qué?, aunque a menor grado que en Entelequia (que, a su vez, es de mayor calidad visual). Un corto simple, lindo, eficaz, que sí cierra una historia, pero que queda debiendo un poco en pago emocional al espectador.
Como evaluación general, se trata de buenas obras en este primer día de la muestra. Obras de calidad, originales, hechas con amor o con cuidado, y que sí merecen ser vistas por todo el país. Ojalá que su distribución fuera más extendida, porque de verdad considero que serían del interés de muchas personas más. Demuestra que en la animación, la ficción y el documental, hay costarricenses con ideas impresionantes, y que hemos aumentado la calidad técnica de nuestra producción a un nivel internacional. Pero aún no lo logramos con la estructura de las historias, las matamos al final sin importar qué género o tema sea. Mueren después de los dos primeros tercios.Es un grave problema, al lado de la ausencia de mi estimada Escuela de Comunicación. Terrible.
De verdad, y a pesar de los fallos, un evento imperdible.
Los duelistas
Octubre 14, 2009
Un mes sin escribir y lo único que traigo es una película. Pero una bastante interesante, aunque el breve comentario que sigue tal vez no la haga ver así. En fin. Los Duelistas fue la primera película realizada por el muy famoso director Ridley Scott (Gladiador, Blade Runner, etc.). Una pequeña obra de gran calidad que es batsante desconocida, que se ha perdido entre la masiva cantidad de películas ambientadas en el siglo XIX, de las cuales la mayoría terminan siendo sencillamente aburridas y de una belleza común y corriente. Esta es una película relativamente pequeña, en muchos sentidos. Breve, sencilla, pero que deja una extraña sensación de confusión, y un placentero recuerdo en los ojos.
Esta película está basada en un relato de Joseph Conrad, el cual cuenta la historia de dos oficiales del ejército napoleónicoque se enfrentan en una serie de duelos durante dieciséis años, durante y después del fin de la campaña. Sus enfrentamientos parecen girar en torno a una cuestión de honor, pero la motivación originaria se pierde con el tiempo y se convierte en precisamente eso, una defensa del honor, que viene a signficar nada de tanto uso. D’Hubert (un muy llamativo Keith Carradine) y Feraud (siempre fuerte Harvey Keitel) se persiguen desde Francia hasta Rusia y de vuelta, enfrascados en una batalla interminable que desgasta a los dos y que nadie más entiende ni permite. D’Hubert, confundido e incapaz de rechazar, por su honor, los retos del segundo, ve como su vida empieza a regirse por el azar; cada vez que se encuentra con Feraud, un salvaje retador, está a un paso de la muerte. En esta tensión pasa la película, hasta la resolución final en Francia.
Visualmente, la película es increíble. Con una fotografía que imita el legendario trabajo en Barry Lyndon, Scott recorre Europa con tomas de paisajes iluminados por un sol oculto entre las nubes, en la primavera y el invierno, misterioso y distante. Un mundo en un perpetuo atardecer, como la decadencia de los valores y compromisos que rodea a los hombres y el campo de batalla. Tanto las escenas en la campiña francesa como en la desolación del invierno ruso son impactantes por una belleza perfecta que recuerda las pinturas de la época y que resalta la confusión interior de los personajes. En este respecto, creo que la
película gana otro valor por la indefinición de los personajes (contrario a lo usual). Las acciones y motivaciones de cada uno parecen ambiguas, injustificadas, y este estado de alteración permanente contribuye a unificar las escenas (muy divididas y marcadas) de la historia, que como mencioné antes, se extiende por varios años a través de muchos duelos con espadas, pistolas y a caballo, un juego macabro que tal vez ni sus propios participantes comprendan.
En suma, Los Duelistas es un filme peculiar y muy rico, desconocido pero no por ello de menor valor. Es un secreto placentero de la filmografía con historias de siglos pasados, una de esas raras obras de época con profundida psicológica real. Una obrita maestra.
Y prometo volver pronto con algo más, lo juro. Lean Horas Privadas por mientras.
El cuerpo de Jessica Umaña
Septiembre 9, 2009
Aprovechando que ya el tema es del pasado, y que ya a nadie le preocupa si la pobre Jéssica Umaña (nuestra representante en la última edición de Miss Universo) tiene o no celulitis, puedo aprovecharme de su caso para exponer un par de pensamientos sobre el tema de la ideología, que han estado dando vueltas por ahí desde hace semanas. Este será un análisis breve por las siguientes razones: porque ya se habló suficiente sobre el tema (aunque definitivamente el sentido común no primó en la mayoría de los comentarios que se hicieron), porque básicamente a nadie le importa ya Miss Universo, y porque el tema principal es la ideología, el cual desarrollaré más tarde. Este caso solo me sirve como un ejemplo introductorio. El caso es el siguiente: Jéssica Umaña, Miss Costa Rica, fue como representante nuestra a Miss Universo y su desempeño fue más bien mediocre. Algunos comentaristas del programa señalaron la celulitis, esa terrible “enfermedad” que atacaba a nuestra bella concursante. Desde acá, se señaló además su indisciplina, su falta de compromiso con el concurso, y fue donde más fuertes críticas se lanzaron contra las piernas de la pobre muchacha. En cuanto acabó el concurso, las reacciones de ciertos comentaristas en los medios locales fueron bruscos, hasta violentos, y a la mujer no la dejaron en paz. Luego el tema pasó de moda y ahora ella puede estar en paz hasta que se le pida llegar a entregar la corona a la nueva Miss Costa Rica. Fin.
Enpecemos por esbozar algunas ideas sobre la ideología. Todo discurso es producido por y con una ideología subyacente, un modo de pensar estructurado y amplio que abarca todas las esferas de la vida social e individual. La ideología es la forma de ver el mundo, como unos lentes, y por ello todo cuanto la persona hable estará teñido de contenido ideológico. Si lo que este discurso postula es verdadero o falso ni importa ni puede ser determinado a simple vista, pues: es la misma ideología la que establece los parámetros para diferenciar lo falso de lo verdadero, y en todo caso, real o no su contenido y su base, es a través de él que la persona construye su realidad social. Estos postulados provienen básicamente de Teun A. van Dijk, que resume bastante bien un debate eterno sobre lo que es la ideología en su amplio trabajo sobre el tema. Pero también incluyo acá a (mi favorito personal, habrán notado) Michel Foucault. A éste filósofo francés me he referido antes para hablar sobre la identidad y sobre la representación de género. En el artículo sobre la identidad, precisamente, introduje el tema del discurso-poder, que es la forma en que Foucault analiza el discurso y por la que renueva el concepto de ideología. Foucault se distancia de Marx, para quien la ideología de clase se contrapone a una realidad objetiva (la ideología burguesa contra la ideología proletaria, una verdad más o menos universal). Pero es difícil creer esto; hay tantas verdades como fuerzas sociales, y acercarse a la base objetiva es ilusorio, aún en el nivel teórico. De este modo se llega a la sugerencia de la ideología como la forma de ver el mundo, el sistema de pensamiento (más fuerte en Foucault que en van Dijk), que es el que hace que veamos el mundo tal y como lo vemos. Es el discurso que construye el mundo de hecho, y la única forma de verlo (“otra forma” sería contraponerse a este, es decir, depender de él al fin y al cabo). En resumen: la forma en que vemos está construida socialmente, no es natural -odio el cuento de los “valores naturales”, no tiene sentido-, y sobre todo, afecta cada uno de nuestros procesos de cognición y comunicación. Hasta la forma en que vemos el cuerpo de Jéssica Umaña y la forma en que leemos y vemos las noticias sobre ella.
La belleza de los cuerpos es socialmente construida y eso es innegable (aunque a veces me permito excursiones idealistas sobre la belleza natural que parten de mi ideología, inconscientemente). Como producto de la cultura, por supuesto, puede ser leído de diferentes maneras y re-significado, justo como el cuerpo y el género. Por eso puedo afirmar que la celulitis no existe como creemos que existe, y que no me importa en lo más mínimo que exista. Lean esta sugerente y quemante entrevista con Eliette Abècasis, que me encontré en el blog de Julia Ardón (uno de mis preferidos), y que había leído antes en Ojo (uno de mis periódicos preferidos). Ya que lo leyeron, avancemos sin dolor. Reconozcamos que Jéssica Umaña es, simple y sencillamente, una mujer preciosa. Me cuesta mucho ver algo malo en su cuerpo, realmente. Me pareció una de las concursantes más bonitas, y sobre todo una de las que parecía más natural, menos retocada en el quirófano. Pero esa es solo mi opinión personal, y claramente muchos comentaristas acá pensaron muy diferente.
Todos los reportajes en los que se ha hablada de Jéssica han girado en torno al tema de su supuesto sobrepeso (creo que la Organización Mundial de la Salud no califica eso como sobrepeso, pero bueno, todo es discurso). La defensa vino solo por Internet para la concursante. Su fracaso es el concurso alimentó críticas que se venían haciendo en el país desde hacía días. El principal problema fue que nos falló como objeto sexual, como la belleza en el concepto formado por este discurso dominante que atraviesa la mayoría de los medios principales del país, de la sociedad occidental, en realidad. Tomando en cuenta que su función única era ser hermosa, es inconcebible que no haya cumplido perfectamente con este rol. Las “imperfecciones físicas” abundaron en el concurso y esta participante fue una de las más criticadas por sus muslos y su falta de preparación para el concurso. Si se preparó bien o no, no tengo la menor idea. No importa, porque en todo caso la atención se centró sobre sus muslos y su celulitis. Intrusos de la Farándula, dudoso orgullo de la televisión nacional por alcanzar niveles cada vez más bajos de calidad periodística, fue el espacio donde me parece que se le atacó con mayor fuerza. Al día siguiente del concurso arremetieron contra Jéssica desde todos los ángulos posibles, tratándola de malagradecida, irresponsable, etc., por no haber cumplido con su “único deber”, que era representar en belleza al país. Lo que me interesa acá es ver cómo los seis comentaristas hablaban desde una ideología no consciente, no estaban pensando “vamos a convertir a Jéssica en un objeto sexual para subir el rating“, sino que partían de muchos hechos que dan como naturales: que la mujer hermosa tiene tales y cuales características, que tiene tales y cuales deberes (cuidar su belleza física antes que todo lo demás), que Miss Universo es árbitro de gusto (aunque tenga a Heidi Montag como entretenimiento). El cuerpo femenino es el depositario de un bagaje cultural que proviene del siglo XX, que lo reconvierte en un bien, un artículo de consumo. Es transformable, debe ser vendido, debe cumplir su función y finalizar allí. Por ello, desde la visión de los presentadores del programa, es natural asegurar que ella debió prepararse de forma idéntica a las concursantes venezolanas, de quienes siempre se ha dicho que se ven hermosas solo por las cirugías estéticas a las que se someten. En este cuerpo en particular se exorcizan demonios incómodos de la sociedad globalizada de consumo: la necesidad de venta y de placer inmediato juzgado según parámetros establecidos por el consumo mismo.
La muchacha no se arrepiente de nada. No debería. Menos aún si, ya enojados, los presentadores de Intrusos sugieren que la próxima Miss Costa Rica debería encerrarse todo el año en una casa, preparándose para el concurso “mundial” y, claro, teniendo tiempo para operarse y recuperarse de ello. Es su deber como representante de la belleza del país, argumentan. Y del otro lado de la pantalla, ¿cuánta gente diciendo “mirá, tienen razón, está gordita la muchacha”? Porque lo vemos como natural. Es obvio e incuestionable que la celulitis es el diablo, que es responsabilidad de Jéssica, y que ella nos falló como el objeto sexual perfecto que queríamos que fuera. Por suerte nada es sólido y permanente: ha habido más apoyo que rechazo hacia la concursante, creo yo, entre la población joven del país. Claro, en los principales medios, escasas palabras, evasivas, y siempre el tema de la celulitis. Pase lo que pase, el tema se centrará en sus muslos, y es la mejor forma de evitar cuestionarnos qué consideramos belleza y descubrir entonces la artificialidad de esta construcción. De por sí, por ahí están los anuncios de Dove para hacernos sentir mejor acerca de nosotros mismos. Y en la siguiente nota, Jéssica está gordísima. El cambio se da sin que el televidente proteste, sin que le incomode, sin que le parezca incoherente. Porque es lo natural y lo asumido como incuestionable.
Me resisto a poner fotos de Jéssica para que eviten la tentación de ponerse a buscarle la celulitis en mi blog. Gracias por leerme y recuerden leer Horas Privadas también.
Hay quien prefiere las ortigas
Agosto 26, 2009
El sufrimiento es uno de los mayores placeres en la vida, aunque suene contradictorio. Aún más si es inspirado por el amor. A cada gusano su gusto; algunos prefieren las ortigas. Es una sensación flotante, una resolución sin ser un final real, una decisión cuya base es la incertidumbre. Sufrir para vivir, y siempre huir de ello: una forma de vida, al fin y al cabo. La sensación de dejar todo en suspenso, la vida entera si es posible, es lo que queda después de leer la maravillosa novela de Junichiro Tanizaki, Hay quien prefiere las ortigas (Tade kuu mushi / Some prefer nettles).
Si hay que señalar un tema principal en esta pequeña pero rica novela, sería el de la indecisión, más aún que el conflicto entre Oriente y Occidente o el divorcio (temas que mueven la trama). Como protagonistas tenemos una pareja, Kaname y Misako, que han perdido todo interés el uno por el otro, y que por tanto no ven otra opción que no sea el divorcio. De hecho, es una decisión que toman con relativa calma, debido a su hijo, principalmente, pero que no logran llevar a cabo. La duda se mantiene a pesar del romance estable que Misako mantiene con Aso, un hombre de quien nunca sabemos más que las promesas que hace a la mujer. La duda los mantiene unidos. La duda ante tomar una decisión irreversible, catastrófica quizás, aunque todo esté planeado y han reflexionado sobre ello.
También la indecisión entre el Este y el Oeste, que se revelan como ideales más que como realidades concretas a través de los personajes del suegro de Kaname y su mujer, una muchacha entrenada en artes japonesas antiguas y otros que se cruzan en las vidas de los esposos. Por un lado, la seducción de lo nuevo, lo moderno, lo rápido, lo liberado. Y por el otro, la tranquilidad de la tradición, la delicia de misterios de siglos atrás, la belleza sencilla de artes olvidadas. Como el arte de vivir en paz y fluir con la vida, contrapuesto con la característica achacada a lo occidental de vivir de forma demasiado apasionada, acaso irresponsable. Pronto los personajes, sobre todo Kaname, verán que estas oposiciones son más bien ficticias, dejando el conflicto en el aire, abierto a futuras complicaciones.
En esta obra maestra de 1929, Tanizaki explora muchos de sus temas preferidos con un estilo preciso, discreto y eficaz. Como haría en su
futura gran obra, Las hermanas Makioka, disecciona la sociedad japonesa a través de personajes completos, redondeados, que le otorgan gran riqueza emocional a sus reflexiones sobre lo viejo y lo nuevo, lo tradicional y lo moderno, el corazón y la razón. Y tal vez, descubre Tanizaki a través de sus ricas historias, no haya respuestas del todo, y buscarlas sea una mera ilusión.Lo importante es simplemente vivir, sentir, como lo muestra (veladamente, de forma increíble) el impresionante capítulo final de este clásico de la literatura japonesa.
P.D.: Leí otra novela excelente esta semana, La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares. Pero me tomará más tiempo procesarla. Leánla ya, eso sí. Gracias por leerme, y recuerden pasar por Horas Privadas.
El regreso: la infancia suspendida
Agosto 16, 2009
El regreso, la primera película del director ruso Andrey Zvyagintsev, fue lanzada en el 2003, y se hizo acreedora del León de Oro del Festival de Venecia. Hecha con un presupuesto mínimo, fue sin embargo un éxito relativo, y fue reconocida por los críticos alrededor del mundo. Su trama es sencilla: dos niños ven regresar a su padre tras una inexplicada ausencia de doce años, y consienten con que él, también sin excusa, se los lleve de paseo a una isla lejana. ¿Por qué vuelve? ¿Adónde los lleva? ¿De qué se trata, al fin, el filme? Como toda gran obra, El regreso no se presta para interpretaciones únicas. En su ambigüedad residen su belleza y su poder.
La película empieza suspendida en el tiempo y el espacio. Una imagen de agua en movimiento, un paseo bajo el agua sobre una barca hundida. Niños nadando. Imágenes que parecen del fin del mundo: una playa larga y rocosa, un faro al final. El espacio está vacío y la pantalla se llena únicamente con imágenes de fluidez, vaivén del agua. Un niño que se niega a saltar de una torre abandonada, teme, se queda allí cuando ya todos los demás se han ido. Su madre llega para ayudarlo, lo consuela. La escena de los títulos: se nos introduce a los dos hermanos, que corren desde la nada y hacia nada. Están perfectamente suspendidos en el tiempo y en el espacio, y ese de este punto que parte toda la película. Precisamente, es la suspensión el mayor valor de El regreso, lo cual detallaré más adelante.
Ambos niños están en la irresolución con respecto a su vida, no hay respuestas para muchas preguntas que apenas se atreven a formularse. Su madre está apenas conectada con ellos, aunque los ama y los cuida; está convencida de que necesitan un padre, con suerte aquel que los dejó desde un principio. Hasta entonces, hay que recordar, solo había sido una postal envejecida guardada en el ático, un vestigio de una época recordada a medias por los hermanos. El menor, Iván, se aferra más a esta memoria, la conserva como un tesoro y una esperanza, y siente que toda su inseguridad (no querer saltar es solo un síntoma más) se vería aniquilada por el padre mítico que ha construido con su hermano. Cuando aparece el hombre real, lo hace de forma misteriosa,
en una escena bellísima que como muchos han señalado, se inspira en el Cristo Muerto de Mantegna, tendido sobre la cama de la que fue su casa, en silencio, dormido. Esta asociación con Cristo no es, por supuesto, accidental, menos aún tomando en consideración que esta vuelta del padre es prácticamente una resurrección, una vuelta de un pasado sumido en la oscuridad absoluta. Los hijos no se atreven a molestarlo. Desde ya el padre se presenta como una figura alusiva y enigmática, fundamentada sobre la inestabilidad y la incertidumbre (el viento hace volar una pluma sobre su cuerpo; la luz lo baña como agua).
Sin embargo, el padre es recibido prácticamente con los brazos abiertos, a pesar de protestas inferidas por parte de la abuela de los niños y uno de los hermanos. Él llega y se sienta en la cabecera de la mesa, es a quien le sirven, quien reparte la comida, quien se arroba derechos por sobre los demás como condición fundamental de ser el padre, aunque haya en teoría renunciado a esa posición. Su denominación y su condición biológica, y sobre todo la ausencia real de cualquier figura que pudiera cuestionarlo realmente, hacen que sus actitudes sean permitidas y toleradas, vistas como naturales. Incluso, deseables por los niños impresionados, que necesitan de una figura fuerte como él y que han siempre anhelado su regreso. Que el hombre material no sea tan avasallador ni benigno como se habían figurado el del recuerdo no importa, porque ha venido, ha impuesto su orden, ha repartido la comida él. A través de sus manos, ellos reciben la comida, aunque él no la ha ganado, no ha aportado nada a la casa en la que se celebra este banquete por el regreso. Se queda en la casa sin que sepan por qué.
Los niños están felices cuando se les propone hacer un viaje con su padre. Su casa es pobre, aunque estable, situada en medio de un paisaje en ruinas. La localidad se pinta como un sitio olvidado por el tiempo, un vestigio de la Rusia soviética en medio de la nada, olvidada por el
tiempo. Así que salir de ello, romper con la monotonía de los paisajes internos y externos, se hace muy atrayente para ambos niños. Aunque Iván lo hace con reservas, no está dispuesto a entregarse al padre que ha regresado, duda. Quiere viajar, claro, y lleva su cámara para capturar momentos al azar de paisajes que nunca ha tenido la oportunidad de conocer. Pero duda de su padre, cuestiona su realidad, sobre todo porque no se parece mucho a la idea que se había forjado de él, en muchos aspectos.
El viaje da inicio, y será un poco accidentado. Una serie de “ritos de pasaje” aparecerán en medio del camino para ambos chicos, que serán abandonados a su suerte en estas pruebas por su padre, quien ve desde lejos, desde la distancia de su anonimato y sus propósitos indefinidos. Aquí es cuando el relato se convierte en una especie de fábula, relato intemporal que apela a todos y a ninguno, en su generalidad. Todos hemos sido padres así, hijos así, o nos hemos sentido así. Por ello las interpretaciones sobre el padre son varias: hay quienes ven en él el fantasma del comunismo, una figura del patriarcado ruso, y en las mujeres y los niños la nueva Rusia, la nueva generación que ve sin reconocer las ruinas de su pasado desastroso. A través de las carreteras solitarias y los lagos interminables, los niños crecen poco a poco enfrentados con pruebas que estar junto a su padre les impone.
En una escena muy tensa, el automóvil en que viajan se atasca en el lodo, y entre los tres hombres deben sacarlo. El hijo mayor se entrega
con presteza a las direcciones de su padre, pero el menor, Iván, que ha resentido todo el tiempo éste regreso imprevisto, desobedece, no cumple. Así que es castigado, se le deja al lado de la carretera en medio de la lluvia, pues manifiesta que no quiere continuar el viaje así. Aquí, la infancia entra definitivamente en un limbo. Es decir, Iván no quiere y no puede dejar de ser un niño; le falta mucho para madurar, no es valiente, no es fuerte. Desea hacerlo para complacer a un padre que no merece realmente que lo complazcan. Queda suspendido entre dos posibilidades: abandonar al padre y todo su recuerdo (lo único estable en su vida, aunque paradójicamente sea un recuerdo difuso y una serie de sueños), sumergirse en la orfandad, o entregarse a una masculinidad incierta, forzosa y dudosamente fundamentada en el padre misterioso. Por ello le incomoda la rapidez con la que su hermano mayor toma su decisión, porque no puede creer que a alguien se le haga tan fácil.
Esta suspensión del tiempo, de la edad mental, y de los deseos de los personajes se representa en todas las formas cinematográficas. A través del relato, sí, pero también a través de la composición de las escenas y la edición. El encuadre tiende al vacío, tiende a la rarefacción del espacio, a empujar fuera de sí todo elemento aparte de los personajes. El paisaje desocupado y en movimiento refleja la cuerda floja sobre la que caminan la trama y los personajes, como una inseguridad sobre hacia dónde avanzar (no hay a qué aferrarse). Aquí, como las imágenes-tiempo de Gilles Deleuze, las imágenes dejan de estar solo en el presente. Tienen una densidad temporal, un pasado detrás de ellas y un futuro también. Pero aquí el presente está en ese estado de suspensión al que me he referido antes, y es a la vez una imposibilidad y una amalgama de posibilidades, de opciones, de sensaciones intemporales. Es decir, Iván sigue esperando a su padre estando a su lado; los hermanos siguen estando solos cuando acampan con el hombre; Iván se sienta a llorar esperando que el padre llegue cuando el padre lo ha dejado junto al puente. Es darse cuenta de la barrera con la que ha topado, la necesidad de decisión, lo que le derrota y diluye su interior.
Más aún, como habla Deleuze, precisamente, se viaja en el tiempo pero no en el espacio, aunque sea un viaje por la carretera. El viaje es volver a vivir los doce años de ausencia más que dirigirse a un espacio
físico determinado (de hecho, a nadie le importa adónde los lleva). La percepción de Iván se vuelve una y otra vez sobre su padre, expandiendo su memoria y sus deseos, sus sueños y sus frustraciones, de modo que el avance en el camino no lleva a ninguna parte más allá de lo que Iván permite. Es como si cerrara los ojos al mundo por un momento para entrar a su mundo interior. De hecho, el director introduce otro elemento que funciona como enigma, como agujero negro, como abismo separador entre la infancia y el futuro incierto de los niños: la caja misteriosa que encontrará el padre en la etapa final del viaje. Es una promesa de explicación, una expectativa de respuesta que no se verá cumplida en su totalidad. Es una no-respuesta que actúa como respuesta; al menos, rellena el espacio y facilita el salto de Iván hacia una decisión. Una decisión sorpresiva, claro, un final cataclísmico en el cual la infancia hasta ahora suspendida habrá de hacer su salto definitivo hacia una decisión, la que sea. Iván se fortalece a través de lo que debería destruirlo.
No hay necesidad de describir las escenas finales, que además simplificarían demasiado la trama y banalizarían esta sensación de vivencia en el tiempo y neutralizarían la fluidez del filme. Tras el final, todo queda devastado adentro y afuera. Fragmentos del viaje, representados por las fotografías que ha tomado Iván (por otra parte
bellísimas imágenes finales), son el puente a través del cual se neutraliza el abismo, se salta definitivamente desde el pasado y se hace el viaje final, desde ser un niño hasta ser un adulto. Uno muy diferente del que querían el padre, la madre, el otro hermano. Uno propio y único a Iván. Zvyagintsev ha descrito el filme como el viaje del alma desde la Madre hasta el Padre. Esto es, desde un estado primario, pasivo, indeciso, a uno estable, firme, activo, o al menos, así interpreto yo estas palabras y el viaje de Iván a través de sí mismo.
Hay que ver, experimentar El regreso, porque su propuesta es ser una experiencia individual para cada espectador. Vista “desde afuera”, revelará inconsistencias de trama, debilidades de personajes, errores de producción, demás cosas que enturbian la pureza del filme. Experimentada desde adentro, es un viaje; no a través de la hora y media de filme, sino a través del interior de los personajes, bajo el agua misma de nosotros también. Explora en lugares de nuestra mente que solo el cine puede alcanzar en esta forma.
El cuerpo y la representación de género, pt. 2
Agosto 10, 2009
En la entrada pasada, me refería a la forma en la que el género se inscribe en el cuerpo, es decir, cómo la distinción entre sexo y género es inevitable, y cómo el cuerpo está conformado por la cultura en la que vive el individuo. Sin embargo, argumentaba, utilizando el ejemplo radical de una persona transgénero, que la condición anatómica con la que nace la persona (su sexo) no puede ser desligada por completo del género, como se ha hecho en algunos acercamientos queer y otras tendencias posmodernas. Esta vez, hablaré directamente sobre la representación de género, es decir, un nivel más cotidiano que la condición transgénero, pero mucho más difícil de analizar.
En la cultura occidental, tradicionalmente, la genitalidad era imaginada como la barrera que delimitaba en forma definitiva el género. A través de Michel Foucault, sin embargo, y las interpretaciones que de él hicieron los teóricos queer, vemos cómo en realidad esta condición anatómica es producto del discurso, es decir, una materialidad solo accesible a través del lenguaje, y por tanto, mutable en ese mismo espacio. Más aún, debido a la capacidad de intervención quirúrgica en la actualidad, es una condición que puede ser cambiada en su materialidad. Pero esto nos ofrece un punto importante: la materialidad debe ser cambiada. Es decir, que es fundamental, poderosa, determinante. Sin embargo, estos casos son quizás reducidos e impiden abrir la mente hacia la complejidad de lo que es realmente la escritura del género en el cuerpo. Nuestro pensamiento occidental moderno lo hace aún más difícil.
Para empezar a pensar diferente, hay que mirar hacia otras culturas, como siempre. Existen culturas en las que la dicotomía masculino/femenino no existe hasta después de que se den ritos de pasaje, es decir, la diferencia se establece claramente en el plano del discurso debido a una construcción cultural. La teoría de la performatividad del género, basada en Judith Butler (que debe a Foucault y a Austin), coloca la ambigüedad de género como la base y el centro del comportamiento sexual y de género. Las relaciones entre lo anatómico y el género varían según el contexto sociocultural en el cual habite un individuo. Vemos cómo en otras culturas la metáfora va a más: en algunas tribus de África, por ejemplo, la persona es neutral en el lenguaje hasta que por medio de un rito se inscriben marcas en ella (literalmente) que definirán su género. Pero esto, como argumenta Rosalind Morris, nos revela otra dimensión: que el cuerpo se resiste a la reconfiguración simbólica, y por tanto, debe ser marcado. Lo cual no indica que los límites del cuerpo sean conocidos de antemano. Incluso, apunta Morris, esta interpretación de los ritos puede ser una lectura exagerada: no se comprende aún si los ritos dan origen al ser como femenino o si lo marcan como tal para presentarlo socialmente.
Es en esta posición en la que me ubico y la que quiero desarrollar. Y realmente, es una cuestión de volver al inicio de la teoría que produce esta visión, el mismo Foucault, por ejemplo, el post-estructuralismo, y el construccionismo social. Volver y releer. Porque Foucault temió que su trabajo fuera interpretado como excesivamente dependiente del discurso, y por ello, hacia el final de su vida, alteraba ligeramente su posición: como mencioné en la entrada pasada, al recordar que había prácticas capitalistas que no habían entrado al “molino interminable de la palabra”, y especialmente, al tornar a la cuestión de la ética de sí mismo. Aunque esto se presta para un debate mayor, y exclusivamente foucaultiano, me quedo con la sugerencia de que Foucault sabía que el discurso no lo es todo, y sabía que si bien el género era inscrito socialmente en el cuerpo, su materialidad también era fundamental.
Para mí, si bien el cuerpo es modificable (en el espacio de la representación, y a través de la medicina, en el anatómico también), el hecho de que tenga que ser modificado dice mucho por sí solo. Nos dice que hay una línea directa entre la anatomía y la representación. Esto no quiere decir que si una persona nace con genitales femeninos, sea
natural entonces que se comporte como lo hacen las demás mujeres de su cultura. Nacer hombre o nacer mujer no va a condicionar el comportamiento de una persona hasta que el “género”, un producto cultural, se inscriba en ellos. Pero las diferencias a nivel biológico, a nivel genético, han sido muchas veces comprobadas, y no es para nada algo negativo. ¿Qué quiero decir? Los hombres y las mujeres somos diferentes, desde un inicio. No quiere decir que uno sea mejor que el otro: es solo que somos diferentes. Y yo coloco la diferencia (con Deleuze, con Foucault, etc.) en el centro, creador, generador, basal, de la experiencia humana, de todo el universo de hecho. Es la diferencia y no la unidad (o unidades, p.e., dicotomía hombre/mujer) la que fundamenta todo.
Si yo nazco hombre, voy a tener una serie de comportamientos específicos derivados de mi anatomía. Son los más básicos, los más difíciles de percibir. No se trata de hablar o moverse de una cierta manera: eso es cultural, está claro; es cultural, y puede ser cambiado, debe ser cambiado por quien se sienta atrapado por máximas culturales que en él o ella no calzan. Si tiene que crear una visión nueva a partir de esta diferencia, está ejerciendo la potencia creadora de la vida, que es su riqueza. Por ello no acepto argumentos en contra de sexualidades diferentes que se basan en la biología para decir que ninguna es posible excepto la heterosexualidad, porque es negar la diferencia, el constante movimiento, la constante creación y re-creación del ser humano. Pero hombres y mujeres percibimos el mundo de forma distinta, sentimos distinto los estímulos sobre el cuerpo, y de nuevo, no es nada malo ni pone a nadie como superior al otro.
Ahora, como había sugerido antes, vivimos en un mundo en el cual interactuamos principalmente (y no sólo) por medio de representaciones, por medio del lenguaje, del discurso, y en ese plano, la subversión es bienvenida y necesaria. Aquí sí, como argumenta la teoría queer, podemos reintepretarnos, resignificarnos, re-escribirnos. Somos seres en constante movimiento, en formación todo el tiempo, asevera Deleuze. Y es allí donde ubicamos la representación de género, es allí donde la performatividad actúa, existe. No tal vez a ciertos extremos en los que cayeron de vez en cuando Butler o Teresa de Lauretis. Pero eso no invalida sus trabajos, solo abre nuevas perspectivas con respecto a ellos. Lo hace porque, en efecto, hombre y mujer (en el significado de la sociedad occidental) son categorías ya agotadas, cansadas, que han estado en mutación siempre y lo siguen estando. Ser macho o hembra no va a cambiar por alteraciones en el discurso, por distintas prácticas culturales (sí por intervención quirúrgica, y hasta cierto punto); ser hombre o mujer sí. Lo hace todos los días. Nos creamos todos los días como “hombre” o como “mujer” en sus sentidos occidentales, latinoamericanos, etc., o contra ellos.
Ahora, ¿qué sigue? Examinaré más tarde ejemplos, casos de la vida real, filmes, libros, etc., que me ayuden con estos argumentos: filosofar a través de la cultura pop. Luego ampliaré más temas relacionados. Gracias por leerme, de nuevo, y recuerden pasar por Horas Privadas también.
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Las referencias son básicamente las mismas de la vez pasada, más:
Colebrook, Claire (2002). Gilles Deleuze. Serie Routledge Critical Thinkers. Nueva York: Routledge
Morris, Rosalind C. (1995). “ALL MADE UP: Performance Theory and the New Anthropology of Sex and Gender”. Annual Review of Antrhopology 24(1995), pp. 567-592
La (re) escritura del cuerpo
Agosto 4, 2009
Si el cuerpo está consituido principalmente por una especie de escritura, por el discurso, entonces es posible re-escribirlo. Según Michel Foucault, a quien he estado leyendo (tal vez demasiado) últimamente, la subjetividad no es algo dado naturalmente, no hay por así decirlo una identidad previa sobre la que actúan las fuerzas sociales, sino que la subjetividad misma está constituida por el juego del poder. Esto es, poder entendido al modo de este filósofo, como una red de fuerzas en conflicto que más que dirigidas de un sujeto o institución a otro, fluyen por ellos, los forman y los informan. El poder viene desde abajo, es decir, desde los mismos sujetos constituidos por el poder.
El conocimiento y el poder están estrechamente relacionados. A través del discurso entonces fluye el poder, y éste constituye los sujetos. La teoría Queer se apoya sobre este supuesto para lanzar una crítica a la forma en la que vemos el cuerpo. Judith Butler, por ejemplo, realiza la deconstrucción de la misma noción de “género”, de “mujer”, y afirma que el hecho de que lo biológico sea el origen de la identidad sexual es parte del episteme (marco general de pensamiento) en el que hemos crecido. Para ella, los individuos no tienen identidad aparte de las categorías que ofrece la cultura, las cuales permiten pero a la vez limitan seriamente la subjetividad; dentro del marco de pensamiento que tenemos, para hablar, para formar parte de la sociedad, debemos vernos en término de género, pero para ella, la anatomía no es suficiente base para este género, sino que lo se requiere es una representación de éste repetida constantemente, actuada, estilizada a través de gestos, movimientos, acciones varias. Los sujetos signifcan su género a cada momento.
Lo biológico, según este punto de vista, no es determinante del todo con respecto a la noción de género con la que el sujeto vive. Este argumento lo encuentro debatible, en realidad. Si bien el discurso del poder da forma a las subjetividades, en el sentido de que permite que se piense o no se piense se algo, se actúe o no en cierto modo (así, permite la existencia de la subjetividad, pero la limita dentro de un marco determinado, que no es permanente pero sí rígido), no considero que sea desde él que parte la relación que une en línea directa el género (una representación) con el cuerpo. Para mí, el cuerpo existe, es materialidad, está ahí. Es más, más que estar ahí, es lo que permite, da forma a nuestra vivencia, y es, por tanto, ineludible.
Entonces Butler diría que sí, es cierto, el cuerpo es material, pero este concepto de “materia” se refiere a algo no lingüístico, y según su visión (y de la teoría queer en general), no tenemos acceso directo a lo no lingüístico, todo lo vivimos a través del lenguaje. Por ello, podemos hablar de la materialidad solo a través del lenguaje, las palabras no solo describen sino que constituyen el objeto conocido como cuerpo. Volviendo a Foucault, sin embargo, éste argumenta que el lenguaje habla dentro del lenguaje, es decir, no “hablo yo”, sino que habla el lenguaje dentro de sí mismo. Y hay un afuera del lenguaje que Foucault reconoce al mencionar prácticas capitalistas que son aprehendidas y comprendidas fuera del lenguaje, dando el ejemplo de un obrero en una fábrica que empieza a hacer su trabajo diferente, el jefe lo ve, ve cómo es más eficiente, y entonces el sistema se aplica a toda la fábrica. La mediación del lenguaje es menor en este caso.
Aparte de haber un “afuera” del lenguaje, pretender que la condición anatómica del cuerpo no determine en ningún grado el género es sencillamente un absurdo. Butler dice que la socialización cotidiana lleva a la significación del cuerpo en un género, y que si interpretamos
y actuamos este género de maneras subversivas, podemos oponer una resistencia al significado hegemónico que constituye el género dado al sujeto. Pero, para ponerlo de forma brusca, en un ejemplo extremo (y cuestionable, supongo), por más que un hombre se repita todos los días que no lo es, actúe de forma subversiva con respecto a esta categoría o condición, no va a hacer que sus órganos reproductivos (y otras partes de su anatomía) cambien como por arte de magia, aunque sí alterara definitivamente la forma de vivencia de este cuerpo material. [En una entrada posterior ampliaré más el tema con relación a la representación de género, y no sobre lo transgénero. Aquí excluyo posibilidades e introduzco el tema].
Es decir, aunque podemos re-significar el género en el plano del discurso y del lenguaje (que como he dicho antes, es el espacio a través del cual el ser humano se relaciona con el mundo exterior en casi todos los aspectos de su vida), la condición biológica sigue siendo un marco limitante, superior a toda fuerza de la “performatividad” (término de Butler). Butler, en cierto modo, asume que hay un sujeto que elige y con todo control de su voluntad actúa el género, volviendo precisamente al sujeto que quería evitar desde un principio. Como dice William B. Turner, entonces, Butler sale del determinismo biológico para pasar a un determinismo psicoanalítico (a través del inconsciente individual es que se da la elección de la actuación del género).
La anatomía es por tanto un marco incuestionable sobre el que, luego, actúa el discurso, lo direcciona en cierto modo: al actuar sobre un cuerpo anatómicamente femenino, efectúa entonces prácticas discursivas que constituyen un cuerpo femenino. Y en el campo de la socialización, es obvio, se le agregarán más y más detalles a esta identidad como mujer, muchos cuestionables e injustos. Pero queda claro que podemos actuar sobre el discurso, reinterpretarnos en formas subversivas, y lo hace muchas personas que se reinterpretan y se re-escriben con un género distinto del dado por el discurso. Es posible, y se ha hecho a lo largo de la historia.
Me queda la duda: ¿de dónde vendrá la idea de “nací en el cuerpo equivocado”? Es decir, ¿cómo nace esta concepción dentro del sujeto?

- Bandera del Orgullo Transgénero
¿Es algo social, o algo que proviene del propio cuerpo acaso? No tengo ni un esbozo de respuesta para esto, tendría que investigar con personas que así piensen para tener al menos una idea de cómo nace esta idea. Lo importante, en todo caso, es que si nace, el individuo puede actuar al respecto y puede re-escribir su cuerpo en la forma que desee: como hombre, como mujer, o como una vivencia particular de género, un anti-género si se quiere. El problema, es claro, es la condición biológica. Pero por suerte los avances científicos permiten ahora la transformación de los órganos masculinos en femeninos y viceversa, lo cual facilita esta re-escritura del cuerpo en muchos aspectos. Tomo en esto una posición clara: debería ser derecho de cada persona hacer este cambio, y debería ser reconocido por la legalidad.
Claro está que la escritura del cuerpo no es algo limitado exclusivamente a la transformación de un género en otro, aunque sea su caso más explícito. Me escribo como hombre a cada momento, es algo que viene en línea directa desde mi anatomía, pero también desde el discurso. Mi condición como hombre nace de este entrecruzamiento de líneas. Asimismo, a cada minuto puedo resignificar muchas cosas que el discurso del poder inscribe en mi cuerpo, en mi sexualidad, en mis relaciones interpersonales, en mi experiencia como hombre, en suma. (Esta resignificación no puede ser un “oponerse al sistema”, pues como el mismo Foucault y otros han dicho, no se puede uno oponer al sistema: ha nacido dentro de él, y es el que le permite pensar unas cosas y otras no; mi “reto al sistema” va a estar inevitablemente dentro de lo que éste hace posible).
Ya me extendí demasiado en esta entrada, pero bueno, al menos servirá de base para futuros comentarios y análisis sobre la escritura del cuerpo, del género y de vivencias de la sexualidad. Gracias por leerme, y recuerden visitar también Horas Privadas.
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Como fuentes bibliográficas sobre este tema, consulté:
Butler, Judith (1990). Gender Trouble: Feminism and the Subversion of Identity. Nueva York: Routledge
Foucault, Michel (1981). Las palabras y las cosas. México: Editorial Siglo XXI
Rojas Osorio, Carlos (2001). Foucault y el posmodernismo. Costa Rica: Editorial de la Universidad Nacional
Turner, William B. (2000). A Genealogy of Queer Theory. Serie American Subjects. EE.UU.: Temple University Press
Ver sin reconocer: el eclipse de la voluntad
Agosto 1, 2009
En su apasionante libro Paisajes de la modernidad, Domènec Font recuerda una escena de Europa ‘51, olvidada colaboración entre Roberto Rossellini e Ingrid Bergman, en la cual la protagonista camina frente a una fábrica y se queda allí. Ve. “Ya no reconoce, pero ve”. Ve la fábrica, sabe adónde está, sabe que está frente a ella. Pero no la reconoce, no sabe para qué (le) sirve, qué significa, qué representa. Y tal es la sensación que transmite vivir en el 2009.
Estamos viviendo sin saber para qué. Claro que es una angustia particular que ha recorrido la historia humana, desde el principio. Ahora, solo se hace más claro que no tenemos un proyecto, una dirección, una solidez a la cual aferrarnos. Muchos han hablado sobre esta incertidumbre, esta visión de que todo lo sólido se está desvaneciendo en el aire: Marshall Berman, Zygmunt Bauman, etc. Las certezas de la modernidad (la ciencia y la razón en el centro, infalibles) se ven retadas por su incumplimiento, por el hecho muy sencillo de que parten de bases débiles, de principios inconclusos. La “modernidad” nunca alcanzó realmente a todos. Y antes de lograrlo, se está desvaneciendo.
Si vivimos en el posmodernismo o no, creo que realmente no importa. Unos hablan de “modernidad líquida” (Bauman lo explica muy bien), otros de tardomodernidad o términos similares, otros de posmodernidad, en la que el “pos” indica más superación de propuestas que un avance cronológico (si así se pretende, ¿qué cosa puede seguir?). La historia no ha visto su fin. Ni el sujeto. Lo único cierto, comprobable, verificable en la experiencia cotidiana de todas las personas, es la incertidumbre.
Lo único cierto es que vemos nuestras instituciones, y todo lo que hasta ahora habían sido nuestras “verdades”, y no tenemos la menor idea de qué hacer con ellas, del mismo modo que la mujer perdida de Europa ‘51. Estamos viendo todo en lo que hasta ahora nos habíamos basado para pensar y actuar, y todo se está diluyendo, como arena entre las manos. ¿Qué cosa es una familia? ¿La clase? Es un momento de una intensa conciencia de nosotros mismos, pero una conciencia extraviada e indecisa. Nos vemos a nosotros mismos todo el tiempo, nos volvemos sobre nosotros mismos con muchas acciones de todos los días. Y adentro, no hay más respuestas que afuera.
Para seguir dando ejemplos fílmicos, esta sensación de estar perdidos, extraviados en medio de los monumentos que la razón, la ciencia, la confianza en el progreso lineal e ininterrumpido nos han construido,
cualquier escena de casi cualquier película de Michelangelo Antonioni. Hay que ver a Monica Vitti en L’eclisse, caminando por las calles desiertas, libre en el mundo para no hacer absolutamente nada, confrontando los monumentos de Europa, de la modernidad, con su vacío interior completo. Por ello relacionarse con otros se hace tan difícil, no hay ya conexión entre las personas. Una vez derrumbados los metarrelatos que sostenían la modernidad, las promesas de sistemas fracasados (a la izquierda y la derecha, y al centro también), y una vez comprobado que se es “libre” dentro de marcos realmente rígidos, ¿a qué aferrarse? Vivimos también una especie de eclipse de la voluntad, un oscurecimiento de la voluntad (que no es lo mismo que la “libertad”) por parte de todo lo que nos rodea, que imposibilita la toma de conciencia, el reconocimiento de lo que estamos enfrentando.
La dispersión, la diferencia, la fluidez son condiciones naturales en el ser humano, pero sí ocupamos de la estabilidad. Para afirmarnos, para comunicarnos, para crecer, vivir. Y eso es lo que no tenemos en el 2009, ahora, acá. ¿A qué aferrarnos? Ideas muertas, religiones en pausa, promesas vacías, incertidumbre por todas partes. No tengo la menor idea de qué podemos hacer, hacia dónde podemos movernos, adónde podemos ver al menos la sombra de una solución. Recuerdo los sujetos “eclipsados” en el filme de Antonioni. Los edificios en ruinas de las obras de Rossellini.
La única respuesta es buscar una respuesta. El único camino es uno que
no existe, y la única forma de llegar a él es empezar a construirlo. Si hay una naturaleza humana, esta debe ser algo diminuto, como una semilla, como un accidente: la voluntad de seguir, de cambiar, de avanzar. Porque todo es fluido, por dentro, el alma, si hay, la conciencia, si hay, el sujeto, si hay. La historia, que nos forma y nos informa, es fluida, nunca estática, nunca bloque sobre bloque, sino una red de redes en perpetuo movimiento. Encontrar el camino en medio de todo ello jamás puede ser una empresa fácil. He pasado escuchando sobre el fin del mundo los últimos dos meses y ya estoy enfermo de ello: el único fin del mundo está dentro de nosotros.
Soy un optimista nato. Y creo que la única forma de salir de esto es empezar a caminar. ¿Hacia adónde? Eso es lo de menos.
